A Pleno Sol: Sin prisas ni atropellos

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Por Manuel Hernández Villeta

Es positiva la tarea de adelantar la reeducación de la policía. Desde los rasos a los generales, todos tendrán que tomar diferentes cursillos, que irán de tres meses a un año. Para nuevo ingreso también se pedirá a los solicitantes grado académico secundario para los rasos, y meses de arduos entrenamientos antes de salir a las calles.

Nos parece necesario, urgente y obligatorio que se haga esa parte de la reforma policial, ahora, no es una maniobra que va dar beneficios a corto plazo. Para adelantar movilidad de la estructura policial actual se tiene que estructurar un programa de tres a cinco años, para ir forjando al nuevo guardián.

Parte preponderante en los nuevos aires de la policía tiene que ser reforzar la idea de que es un auxiliar de la justicia. Ni juez ni verdugo. A la nueva policía hay que señalarle bien claro el respeto sin ningún tipo de evasiones al derecho a la vida y el ser respetuosa de las leyes y la Constitución.

Se puede comenzar a trabajar ahora en la nueva policía, en las reformas que son necesarias, pero la misma va a naufragar si se quiere festinar, y se desea que una institución con problemas de años, los resuelva de un abrir y cerrar de ojos.

La reforma tiene que comenzar con la educación, partiendo desde el kilómetro cero. Es dejar a un lado los métodos de antaño, es dejar en el olvido las acciones prepotentes, es decirle al policía que tiene que ser confiable para el pueblo, es presentarle la realidad de que su trabajo no vale la pena, si al ciudadano que protege le hace sentir miedo y ansiedad.

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En los estamentos de la policía se quiere ese cambio, puede haber sectores minoritarios que traten de impedirlo, pero son grupitos que temen al progreso, y sienten que sus empleos peligran. Lo primero ante cualquier reforma, es garantizar la estabilidad de los que ya están dentro de la institución, y que allí han dado los mejores años de su vida.

La delincuencia, su control parcial o absoluto, no depende de la reforma policial. El embrión de la delincuencia callejera es la exclusión social, la marginalidad, la falta de educación, entre otros. Los policías de a pie vienen de esos reductos de la miseria.

Esos agentes de la calle y operativos conocen el callejón, han sido víctimas del hambre, saben lo que es tener que abandonar los estudios por falta de recursos, y sienten sobre sus hombros un futuro incierto cuando llegue la hora de la jubilación.

La delincuencia se combate mejorando las condiciones sociales del país, cerrando la brecha de la exclusión, abriendo las aulas a los que no saben leer ni escribir y teniendo un reparto más equitativo de las riquezas. También se tiene que aplicar la manopla, y para eso está la policía. Que se imponga la reforma policial, pero sin prisas ni atropellos. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

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