MIEDO A LAS VACUNAS

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Por Pablo Palmero

En breve entraremos en una nueva fase de la pandemia, quizás, con suerte, la última. Llega el momento de vacunarnos y zanjar de una vez por todos estos infortunios después de tantas muertes, restricciones y penuria. La posibilidad de que se abra un nuevo horizonte está cada vez más cerca, pero por paradójico que pueda parecer, los obstáculos de esta fase no vienen desde fuera, sino desde el interior de nuestra psique. Según un estudio del ISGlobal publicado en la revista Nature Medicine a partir del estudio de 19 países fuertemente afectados por el virus del Covid-19, un 14% de la población muestra dudas y otro 14% se negaría a ello, lo cual se traduciría en millones de personas sin inmunizar. Estos porcentajes nos indican que estamos frente a una cuestión de primera importancia que necesita ser investigada y abordada de manera pluridisciplinar. Nos conviene invertir tiempo y los recursos necesarios para afrontar este nuevo reto, porque de nada sirve tener el remedio si no va a ser empleado, o si va a ser origen de confrontaciones sociales.

Médicos, científicos y políticos deben explicar e informar de forma clara y entendible sobre las vacunas, pero no podemos perder de vista, que parte de los miedos a éstas tienen un componente más reactivo y emocional que racional, y en este sentido, los profesionales de la Psicología tenemos ayuda que aportar.

Veremos a continuación diversos factores psicológicos con una influencia directa sobre las reticencias a las vacunas; unas atienden a patologías concretas tipificadas, y otras a factores psicosociológicos compartidos.

TRIPANOFOBIA, HIPOCONDRÍA Y PARANOIA: TRES PATOLOGÍAS ASOCIADAS AL MIEDO A LA VACUNACIÓN

Tripanofobia

¿A quien le deja impasible que le claven una aguja en el cuerpo? El miedo ante los objetos punzantes y peligrosos es universal. Para dejarse herir por otra persona hay que sobreponerse a una vigorosa reacción instintiva. Al igual que sucede ante determinados animales potencialmente peligrosos como las arañas o las serpientes, hay personas que no logran superar el patrón instintivo de autodefensa y se quedan fijados en sobrerreacciones de evitación y huida.

El pánico a las agujas es conocido técnicamente como tripanofobia (del griego trypanon, taladro, y phobos, miedo). Es una de la fobias más extendidas, se estima que la padecen en mayor o menor medida, un 10% de la población, y es algo con lo que debemos contar en la presente campaña de vacunación mundial. Algunos de sus síntomas son, agitación mental y corporal, ansiedad anticipatoria, tensión muscular, mareos, y en ciertos casos, ataques de pánico y desmayos. La tripanofobia acostumbra a ir de la mano de la hemofobia, el miedo a la sangre.

Este tipo de fobia suelen tener unas bases psicológicas y emocionales arraigadas en la infancia, en ocasiones implantadas a través del llamado condicionamiento vicario, según describió el psicólogo Albert Bandura en su Teoría del Aprendizaje Social; se trata del aprendizaje basado en la observación de las reacciones de las personas de referencia, frente a un estímulo o situación nueva. Si un niño por ejemplo, percibe que sus padres tienen un comportamiento alterado frente a la vacunación, pueden asumir que se trata de una situación peligrosa, y acabar actuando y angustiándose de manera similar.

Por otra parte, la punción corporal, por sus implícitas connotaciones, puede despertar reacciones asociadas a agresiones previas, como forzamientos y agresiones de diversa índole. Tener que confiar y ponerse en manos de otra persona que va a infringirnos una herida, aunque esta sea “por nuestro bien”, puede actuar como disparador de daños y emociones largamente reprimidas.

Tanto si el pánico atiende un origen instintivo, de aprendizaje, traumático o asociativo, tras este tipo de reacciones, siempre subyacen sentimientos de soledad y desesperación que necesitan ser acompañados de una manera empática y respetuosa.

Más allá de la atención de cada caso en particular, existen algunas pautas básicas que ayudan a sobrellevar y prevenir el pánico a las agujas. Medidas que deberían ser de prescripción para  acompañamiento de los niños, y muchas de las cuales convendría emplear, de igual modo, para los adultos.

Dar ejemplo: Si existe la posibilidad, permitir que vean antes como nos la ponen a nosotros, para que comprueben que no hay nada que temer.

Ser claros: No menospreciar su capacidad para sostener la experiencia, en especial en el caso de los niños, a quienes tendemos a incapacitar y proyectar nuestros miedos e inseguridades. Informarles de su visita al médico cuando se acerque el momento, de preferencia el mismo día, para evitarles una ansiedad innecesaria. Ser veraces, les permitirá confiar en nosotros, y la confianza les dará seguridad. Si lo preguntan, no decirle que el pinchazo no duele, sino que molesta por un muy breve momento y que después se pasa. Explicar de manera sencilla para que se ponen las vacunas y cómo nos protegen de las enfermedades; facilitar el resto de información sólo a medida que ellos la pidan.

Acompañar empáticamente en el miedo y el dolor: Ayudarles a entender que el miedo y el dolor son una parte más de la vida. No censurar sus expresiones de malestar. Mantenerse tranquilos y suavizar la agitación mental ofreciendo un contacto corporal que les invite, a su vez, a escuchar su propio cuerpo: respiraciones profundas, contacto firme y cariñoso, caricias, buscar su mirada, hacerle llegar nuestra presencia con el tono de la voz… Una vez vacunado, mantener la serenidad y darle tiempo para que baje la tensión propia del miedo vivido y para que pueda expresar como se ha sentido.

Por otra parte, y para el deleite de los tripanofóbicos (y también para el resto), no estaría de más por parte de las autoridades pertinentes, acelerar el desarrollo de sistemas alternativos al de la inyección convencional mediante agujas, como el sistema Mucojet y su empleo de una corriente presurizada de moléculas líquidas, desarrollado por la Universidad de Berkeley, o el Nanopatch, basado en una tecnología de nanopuntas desarrollada en la universidad autraliana de Queensland. Alternativas a los que muchos se acogerían sin dudarlo, si Sanidad ofreciera la posibilidad.

Hipocondría

La hipocondría es otro desorden a considerar. Quienes lo tienen, sufren un estado de constante preocupación por su salud; por su enorme variabilidad sintomática y por tal de desestigmatizarlo, hay profesionales prefiere denominar a este cuadro, “ansiedad por la salud”. Su prevalencia difiere según las fuentes; según los casos detectados en las consultas de los médicos de familia, lo padece, en su espectro más amplio, entre el 15 y el 20% de la población.
Para los hiponcondríacos cualquier manifestación física fuera de común puede ser tomada como indicio de una enfermedad grave o de fatal desenlace, que los lleve en último término, a la muerte. En el caso que nos ocupa, desde esta constante ansiedad por la salud, a muchos les pesa tanto el miedo a infectarse de coronavirus, como el temor a que la vacuna pueda tener efectos adversos irreversibles.

Es fácil hacer chiste de la hipocondría porque desde fuera, la exageración y el absurdo resultan evidentes, pero cuando se está viviendo es una tortura. La aparente ausencia de medida y sentido común hace que a veces, el trato hacia los afectados sea condescendiente y peyorativo, también incluso, en el contexto médico; a menudo son tratados como si sus comportamientos fueran fruto de un tipo de puñeta que la persona tiene que resolver por sí sola. Pero una cosa es que no le demos credibilidad a lo que explican, y otra que no nos los tomemos seriamente.

Muchos de los que padecen ansiedad por la salud ya están dando muestra de los primeros síntomas ante la incertidumbre de los posibles efectos adversos de las vacunas. Intentar convencerlos que lo que piensan es falso, aportándoles sólo información, puede hacernos perder de vista su incuestionable realidad emocional. Quién está en una fase hipocondríaca vive emociones de inseguridad, soledad y desconfianza, y no es forzosamente el pensamiento catastrófico quién las alimenta, sino que a veces es justamente lo contrario. Son estas emociones, propias de una vida personal y relacional afectada, las que encuentran una justificación a través de las fatalistas interpretaciones sobre su salud. No se trata por lo tanto, de luchar en contra de sus creencias atiborrándolos con datos e informaciones, sino de escucharlos y ayudarlos a conocer y atender sus males reales. En la actual campaña de vacunación debería existir un servicio de atención psicológico específico y bien formado para acompañar estos muchos seguros casos.

Paranoia

La paranoia es una psicopatología muy extendida, que será especialmente complicada de atender en el proceso de vacunación si no es debidamente comprendida. El estilo paranoide, a diferencia de lo que sucede en la tripanofóbia o la hipocondría, suele ser aguerrido, con una dialéctica agresiva, autoafirmativa y proselitista. Se sitúa en una zona de poder, en una oposición frontal y defensiva, y difícilmente asumen su problemática. La paranoia puede pasar de ser una simple tendencia, a un cuadro patológico grave e impeditivo. Durante la pandemia hemos podido comprobar como no son pocas las personas con dicha propensión, muchas de ella de hecho, se han organizado como colectivos sociales activos y reaccionarios. Su magnitud y ruido nos da medida de la importancia de entender y atender dicha cuestión. Estos son algunos ejemplos de sus ideas: El coronavirus es un organismo creado en el laboratorio por ciertas élites para dominarnos. Los políticos y poderosos están diseñando vacunas con nanotecnología para tenernos más controlados. El Gobierno Chino lo ha creado para desestabilizarnos. Bill Gates tiene un proyecto eugenésico y ha financiado su creación. Todo es fruto de la tecnología 5G y dicha información se están intentando ocultar.

El negacionismo, la afirmación de plano, de la inexistencia del virus, suele ir de la mano de la paranoia, porque… si el virus no existe, huelga el recelo sobre quién y para qué están haciéndonos creer su existencia. Habría que ver, eso sí, como se articula y justifica en cada persona dicha negación para saber si ésta encaja o no, dentro de una tendencia paranoide.

El hecho de que sean tan vehementes en su oposición puede resultarnos ofensivo y despertar antipatías y animadversiones, pero haremos bien de mostrar un mayor grado de respeto y humanidad hacía ellos, entendiendo que su renuencia no es fruto de una falta de sentido común, sino que surge del hecho de que profunda e inconscientemente están atemorizados.

La paranoia es un síndrome donde inventamos una realidad partiendo de la certeza de que alguna persona, colectivo o fuerza mayor conspira en contra nuestro, para dominarnos, o acabar en último término, con nuestra vida. Es un recurso de gestión del terror mediante una desconfianza extrema. Desde este estado, la percepción y las capacidades mentales se destinan a confirmar las sospechas, a buscar razones que corroboren que los demás no son de fiar. La paranoia se articula mediante uno de los principales mecanismos de defensa, el que desde la Psicología Psicodinámica es conocido como “proyección”. Cuando proyectamos, desplazamos fuera aquello que no queremos reconocer en nosotros (actitudes, intenciones, emociones, responsabilidades…). Los mecanismos de proyección a su vez, necesitan una narrativa y ésta suele elegirse en función de cada historia personal, y el tipo de agresiones o abusos sufridos durante la infancia, que es donde se establece, en origen, este tipo de tendencia caracterial. Las narrativas paranoides suelen estar tejidas durante largos años, lo cual hace que puedan llegar a ser muy sólidas y imbricadas. Éstas siempre contienen además, un refuerzo narcisista de sellado del tipo: “Yo no me dejo manipular como vosotros”, “yo sé más que el resto y más que los especialistas”. El lenguaje empleado suele ser beligerante, y la receptividad escasa o nula.

La gestión de la campaña de vacunación con las personas que sufren este tipo de tendencias y patologías reviste muchas complicaciones dentro y fuera del entorno sanitario. Es importante tener claro que la patología paranoide atiende a una necesidad de mantener un equilibrio interno psíquico y emocional, y que si no es debidamente acompañado puede conducir a brotes psicóticos o comportamientos violentos. Tratarlos de manera despectiva o menospreciando su forma de pensar, es lo peor que podemos hacer. La paranoia es una ventana deja entrever miedos y heridas, y en estos casos, desde luego, no será suficiente, sólo, con arengas informativas. Si realmente queremos ayudar a esas personas, hemos de escucharlas con esta perspectiva humana y comprensiva. Volver a menospreciarlos es remachar una vez más su idea que la vida es un lugar hostil y que no pueden fiarse de nadie.

Tanto en los casos de tripanofobia, hipocondría, como de paranoia, muchas personas pueden acabar optando por evitar la vacunación y los controles médicos, poniendo en riesgo su salud y la de su gente allegada. Dada la enorme relevancia de estas tendencias y patologías, valdrá la pena, y mucho, tener cuenta la comprensión y recursos que podemos aportar desde la Psicología, en el diseño y la gestión de la presente campaña de vacunación mundial. Si las autoridades empiezan desde ya, a prever e invertir en estas cuestiones, podremos tratar con más humanidad a los afectados y minimizar la influencia de todos estos factores para el conjunto de la población.

Más allá de la identificación y atención de estas psicopatologías, existen dinámicas psicosociales que afectan a la aplicación del plan de inmunización, sobre las que la Psicología también tiene comprensiones y recomendaciones que aportar. Son las que siguen.

FACTORES PSICOSOCIALES RELACIONADOS CON EL MIEDO A LAS VACUNAS

Tal como indican las encuestas, el porcentaje de reticentes a ponerse las vacunas en las primeras fases y lo que se niegan a ponérsela, son significativamente altos. Habrá que ver como evoluciona la consideración hacia la vacunación una vez iniciado el proceso, pero en cualquier caso, la relevancia de los datos nos indica que no se trata de un hecho marginal, y que hay cuestiones que deben ser debidamente analizadas. Tildar a esta parte de la población como radicales o enajenados es la opción más fácil, pero dada la dimensión del problema, convendremos que nos urge una compresión más elaborada y comprehensiva.

Incertidumbre y necesidad de control

El recelo ante las vacunas tiene sus razones. Sólo llevamos un año estudiando y conociendo el Covid-19, hay muchas cosas que aún desconocemos de él. El desarrollo de la vacuna se ha realizado con una inusitada celeridad, consiguiéndose en menos de un año algo para lo que normalmente se tardan entre cinco y diez; tampoco disponemos aún de datos masivos para dimensionar sus efectos primarios y secundarios. A eso hay que sumarle el baile de informaciones y directrices que hemos estado sufriendo durante todo este año, la vergonzosa politización que de ciertas cuestiones se ha realizado, la falta de imparcialidad de muchos medios, y el hecho palmario de que, gracias a esta coyuntura, determinadas empresas y grandes farmacéuticas, saldrán muy beneficiadas. ¿Quien puede considerarse totalmente confiado en las autoridades ante tal panorama? ¿Quien puede asegurar con total certeza que las vacunas serán cien por cien eficaces e inocuas?

El problema real con el que nos encontramos no tiene que ver con estas dudas, sino con la radicalización en los posicionamientos. Con la búsqueda de la seguridad y el control de la situación a través de la afirmación de conjeturas u opiniones subjetivas de difícil o imposible demostración. El historiador Yubal Noah Harari, expone, en este sentido, que las extendidas teorías de la conspiración basadas en lo que él denomina “Las teorías de la Camarilla Mundial” se alimentan de esta necesidad de control y son una manera primaria de gestionar la incertidumbre. Estas teorías se basan en la idea que muchos de los sucesos que sufrimos son obra de la maquinación de un único grupo de seres que intentan controlarnos desde la sombra. Según sus propias palabras, en un reciente artículo del The New York Times, “las teorías de la Camarilla Mundial son capaces de atraer a grandes grupos de seguidores en parte porque ofrecen una sola explicación sin rodeos para una infinidad de procesos complicados. Las guerras, las revoluciones, las crisis y las pandemias todo el tiempo sacuden nuestras vidas. No obstante, si creo en algún tipo de teoría de la Camarilla Mundial, disfruto la tranquilidad de sentir que entiendo todo. (…) La llave maestra de la teoría de la Camarilla Mundial abre todos los misterios del mundo y me ofrece una entrada a un círculo exclusivo: el grupo de personas que entienden. Nos hace más inteligentes y sabios que la persona promedio e incluso nos eleva por encima de la élite intelectual y la clase gobernante: los profesores, los periodistas, los políticos. Veo lo que ellos omiten… o lo que intentan ocultar.

El pensamiento dicotómico y reduccionista del tipo blanco o negro, buenos o malos, nos aliena de la complejidad del mundo. Cuando nos instalamos en ideologías que no pueden ser contrastadas, perdemos la posibilidad de dialogar, de aprender y evolucionar. Abonamos la pérdida del principio de realidad, malogrando nuestra capacidad de adaptación y comunicación, poniendo en peligro la convivencia y en último término, nuestra vida y las de los demás.

Las autoridades harán bien de tener en cuenta, por tanto, que estos simplismos atienden a una extendida sensación de inseguridad y necesidad de control, sin obviar que en el caso de las vacunas, como en tantos otros, la seguridad absoluta no existe. No se pueden transmitir certezas al respecto porque no se tienen; lo que apremia es fomentar un ambiente de honestidad colectivo que acoja y absorba nuestra inseguridad e ignorancia sobre el tema, apelando a nuestra fuerza y asilo de grupo.

Escepticismo y necesidad de saber

En el 2010, a raíz de la dificultades encontradas en la erradicación de ciertas enfermedades graves, como la de la poliomelitis en Nigeria, se fundo el Vaccine Confidence Project, Proyecto de Confianza en la Vacunas. Durante la última década se han dedicado a estudiar el porque de las oposiciones populares respecto al uso de las vacunas, y han comprobado un alto grado de escepticismo en la franja de los 18 a los 35 años, en especial, en todos aquellos que, independientemente de su nivel socio-económico, tienen un mayor nivel de confianza en sus conocimientos. Estos datos demuestran que se tiende a dudar más cuanto mayores son las más ganas de saber. Convendremos que una actitud así es deseable, puesto que cimienta una ciudadanía con espíritu crítico y criterio propio ¿Es un problema por consiguiente, dudar y querer saber más sobre las vacunas? Desde luego que no. El problema vuelve a ser la búsqueda de certezas mediante la radicalización ideológica y el fomento guerras de poder, oponiendo unas ideas a otras.

A la vista de estos hechos, vemos que el diseño de la presente campaña debería disponer de un “bufé  informativo” fácilmente accesible, con diferentes niveles de profundidad y precisión explicativa sobre las vacunas, para todos los que quieran y necesiten ahondar.

Del enemigo común al sentimiento de grupo

Con estudios masivos en internet, desde el Vaccine Confidence Project, vieron también, que con sus argumentarios, los antivacunas tenían un 500% más de éxito a la hora de reclutar a los indecisos que los provacunas. Estos datos son muy relevantes, pues en ellos se constata que los antivacunas atienden de manera más rápida los miedos e inseguridades de las personas. Desde mi punto de vista, su propia necesidad de autoconvencimiento les lleva a ser más proselitistas, activos y vehementes. Sus argumentarios alimentan la desconfianza y el miedo latente en las personas indecisas, recogiendo quejas y injusticias sociales reales, y mezclándolos de manera indivisa en el mismo cóctel con datos de dudosa o nula legitimidad. Todo ello abreva la idea del adversario a combatir; y unirse frente a enemigo común ofrece, como es bien sabido, un cierto sentimiento de complicidad grupal. Los antivacunas por ende, acaban ostentando rápidos y elevados niveles de convencimiento.

Estos datos evidencian por tanto, que no sirve sólo con aportar información, y que resulta imprescindible considerar y atender también lo que sienten las personas, sus dudas, sus quejas, sus miedos…

Las personas que se comportan de un modo proselitista no tienen un verdadero interés por los demás. Su propósito es borrar sus propias dudas con-venciendo a cuantos más mejor. La calidad de la complicidad que éstos pueden generar es, por tanto, de dudosa solidez, humanamente hablando. El reto ante el que nos hallamos en este sentido es, por consiguiente: ¿Cómo ofrecer una escucha y una empatía reales? ¿Cómo atender las preocupaciones de las personas? ¿Cómo informar sin manipular? ¿Cómo favorecer un sentimiento de grupo realmente sólido?

Pérdida de confianza en el sistema y necesidad de una nueva ética

Para la directora el proyecto Vaccine Confidence Project, la antropóloga Heidi Larson, el principal motivo del escepticismo frente a las vacunas es la desconexión respecto a los gobiernos y las autoridades, a la pérdida de confianza en el sistema. Esto es algo que podemos contrastar con los datos recientes; en ellos vemos como en los países donde los ciudadanos muestran un mayor grado de confianza en sus líderes, el seguimiento de las directrices también ha sido también mayor. En los que se ha gobernado de una más errática y donde la población está políticamente muy polarizada, el cumplimiento de las recomendaciones ha sido peor o incluso nefasto (véase el caso de Estados Unidos bajo el mandato de Donald Trump).

Si no se confía en las autoridades tampoco se confía en sus medidas; podemos sentirnos fácilmente como si no les importáramos, como conejitos de indias a merced de sus propios intereses políticos o económicos.

Estaremos de acuerdo que esta pérdida de confianza en el sistema es un mal con raíces profundas y de compleja solución. Sea como fuere, las autoridades harán bien de tener en cuenta esta falta de legitimación por parte de la población, y proponer interlocutores y representantes cualificados técnica y éticamente, que transmitan franqueza, credibilidad y humanidad. Una falta de transparencia y una politización de esta nueva fase de vacunación, no haría sino confirmar que los ciudadanos no importamos, y que sólo se importan a ellos mismos; dejaría el campo abonado una vez, más para falsedades, populismos, conspiratorias y confrontaciones sociales.

CONCLUSIONES

Como hemos visto a lo largo de los diferentes apartados, los obstáculos a la presente campaña de vacunación no atienden sólo a un a cuestión de rigor informativo. Las inseguridades de la población y la falta de confianza en el sistema propician derivas emocionales, y piden por parte de los responsables, una cuidadosa atención de muchos otros factores humanos. Las personas no colaboraran activa y voluntariamente si no se sienten debidamente legitimadas y tenidas en cuenta. A pesar de la dificultad del reto, esta crisis sanitaria es una oportunidad para aumentar nuestro nivel de tolerancia y respeto hacia la diferencia. En juego está no sólo nuestra salud y economía, sino también nuestro proceso evolutivo de humanización.

El autor es Psicólogo residente en España.

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