La paletera

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Por Melton Pineda

Mis padres, comerciantes por naturaleza, habían desarrollado unas relaciones comerciales en el municipio de Tamayo, con los señores Leonardo Méndez, (Nayo), Federico Abud, Adolfo Morales, y Juan Francisco Reyes (Negro) Reyes, entre otros.

Ya viviendo en Tamayo, atendía una bodega en la nueva casa que construyeron mis padres, donde todos los días en la mañanita me sentaba en la esquina, además de atender la bodega, a pensar qué otro negocio podíamos desarrollar, hasta que me vino a la mente construir un cajón de paletera de 16 cuadros y un burro de madera para sostenerla.

El joven Valdemiro Roa, (Valdez), hijo de Ponciano Roa, el mismo carpintero que construyó la casa de madera a la familia, me fabricó ese cajón de madera.

Pensando cómo surtir la paletera, se me ocurrió ir al almacén donde la esposa de Negro Reyes, la señora Altagracia Matos (Toñita). Al presentarnos donde la dama, le pregunté: Toñita, usted me conoce, ¿verdad?, apenas teníamos 10 u once años. Me dijo: -oh sí, mi hijo, tú eres hijo de Cornelito, el de Santana, que ahora se mudaron para acá. -Sí, le dije.

“-Mire, Toñita, yo fabriqué un cajón de paletera y quiero surtirla”.

“-O sí, cómo no, mi hijo”, nos contestó la distinguida dama. A todo esto, doña Toñita cree que fui autorizado por mis padres a buscar fiao.

“-Yo quiero que usted me fíe 35 pesos para la paletera”, le dije. -Oh sí, cómo no, ¿y qué tú quieres”. Y le presenté un listado de cigarrillos: crema, negro y blanco, Hollywood, con corcho y sin corcho, túbanos habaneros, Constanza y Premier.

También contenía la lista paletas, bolones, caramelos, menta ecla “de guardia”, mentas surtidas de distintos sabores, chiclés, chocolatines, paletas pati-pamí, entre otros dulces.

Llegué a mi casa con varias fundas, y mi madre, una mujer muy recta en su conducta y crianza de sus hijos, que no sabía en qué yo andaba, y me ve llegar con esta carga de funda, nos inquiere de muy mala manera: “-Y que eso que tú traes ahí en esas fundas”.

-Dulces y cigarrillos de la paletera, le dije. “-Y dónde tú encontraste dinero” para comprar eso”. Le dije que “Toñita, la mujer de Negro Reyes, me los fió”. Me encaró. Que tenía que devolver esa compra. “No te apure que venga tu papá del conuco”. me dijo.

Mi madre, al ver luego lo bonita que estaba la paletera surtida, con una expresión de escepticismo pareció aceptó el negocito que iniciábamos.

Cogí para el parque de Tamayo, antes de que nuestro padre llegara del conuco y nos instalamos en la esquina cercana al colmado de Renato Arias, el primer diputado de Tamayo, y allí nos instalamos frente a la fritura de Negra Severo, donde se reunían todas las noches, hasta los sábados, un grupo de mujeres y hombres riferos.

Una semana después de funcionar la paletera, una señora llamada María Estela, nuestra vecina del Alto de las Flores en Tamayo, hija de Alejandro el mecánico, apodado El Inglés o (Los Ñarros), nos propuso que rifáramos dos quinielas de RD$12.50, cada una, o sea, RD$25,00. semanales, y me explicó que los riferos si rifaban 10 quinielas, si se pasaban de los números, o sea, de 10, tenían 15. Estaban pasados con 5. Si rifaban 20 y tenían 25 en un número, estaban pasados con 5 y eso ellos se lo pasaban a otros riferos menores.

Así lo hice, y el viernes, fui con la paletera y una lista del uno al 100, para rifar las dos quinielas, y así fue. Me pasaron todos los números demás que tenían.

Cuando la lista no se llenaba, iba por la mañana al mercado público, arrendado por el Fabián Matos, en la esquina de los riferos, a aguantar los números pasados.

Tuve la suerte de que en un año y pico que ejercí de rifero, nunca me sacaron el primer premio. Solo el segundo y tercero.

En la primera semana, saldé la deuda de RD$35.00 en la en el almacén de Toñita y Negro Reyes, y me sobró para renovar el surtido de la caja de paletera, bajo los elogios de la dama de que “ese es buen hijo de su padre, por buena paga”.

Días después, como de costumbre, mi papa fue al almacén, y Toñita le dijo: “-Usted tiene un hijo buena paga.” “-Oh sí, ese fresco, ya me dijo su mamá, y fue él que vino sin decírnoslos a buscar fiao”, le dijo mi padre. Toñita le contestó: “-Pero ya él pagó y le sobró, porque ahora disque es rifero”.

A esas actividades de paletero y rifero le agregué el alquiler de dos patinetas que daban vuelta en el parque, a tres vueltas por cinco centavos, y una bicicleta vieja que armé y la alquilaba a dos vueltas por cinco centavos y el que se pasaba de la vuelta al parque y se iba hasta la otra esquina de la iglesia y la casa curial, tenía que pagar un centavo más.

Todo el dinero semanal se lo entregábamos a nuestra madre, para el ahorro, y una pequeña parte la gastaba con mis amiguitos, comiendo helados en barquilla que vendía Manolo en el parque y una que otra cervecita fría.

Una noche, en una de esas diversiones sanas, en el bar Tamayo, propiedad de Renatico Arias, en la esquina del parque, nos pasamos de tragos y cuando salí a la calle vi el parque dando vueltas, y por más que tirábamos el pie para subirlo, éste se nos iba y caí al suelo, y tuvieron que llevarme cargado a mi casa.

Bajo el asombro de mi madre, asustada, preguntaba: ¿“y qué es lo que tiene? –“Que está borracho”, le dijeron. Escuchaba muy lejos decir a mi madre: “Mírenlo, ya está privando en hombre, ese mierda, porque está manejando cuarto” y me llevó a la cama y me acostó.

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